En sus propias palabras.

 The Prince de Ligne : his memoirs, letters,
 and miscellaneous papers.




Cuando estuve en Berlín en 1804, el rey de Prusia [Federico Guillermo III] me recibió con cordialidad y distinción en Potsdam, donde no ve a nadie. ¡Qué frío hacía al pasar revista a sus guardias y guarniciones, que me mostró! Después dijo: "Ven y caliéntate en mi fuego. Subiremos por esta pequeña escalera, que no es brillante". Como ciertamente no tenía pretensiones de serlo, repetí que el camino más seguro y recto era siempre el mejor. "Y ahora iremos a desayunar con la reina", dijo.

La Reina de Prusia [Louisa] es hermosa como el mejor día y el cielo más puro. ¡Qué preciosidad! que gracia! Me recuerda, con facciones más regulares y una piel igual de exquisita, a la desdichada reina de Francia. Sus manos son particularmente hermosas; me recuerdan a los de María Antonieta, y tiene casi la misma edad que cuando vi a la reina por última vez en 1786. ¡Qué inconscientemente sonriente entonces de lo que estaba justo delante de ella! Quiera Dios que ningún dolor se acerque jamás a esta reina, que la ha sucedido en belleza y bondad.


Y las hermanas de la reina de Prusia, ¡qué encantadoras son! Fui a ver ese Tribunal en Anspach. El rey es tímido, sin mucho que decir al principio, y estando bastante vacío en la compañía, donde andaba solo, lo ataqué en la conversación. Lo agarró maravillosamente y habló bien de guerra y de servicio. Él como un aire militar, preciso, firme y bondadoso; y cuando se sentó en una piedra sobre la que había desayunado Gustavo Adolfo, él mismo se imaginó inconscientemente la escena. Le hablé con fuego de la Guerra de los Treinta Años. Parecía que le comunicaba un poco, pues tenía aire de lamentar que la política vil, desconfiada y criminal de todas las Cortes le hubiera impedido hacer lo que el honor y el interés le dictaban a la todo el imperio en el momento en que permitieron que el Electorado de Hannover fuera invadido.